La suspensión del desfile militar del 9 de julio solo encuentra una explicación: los demanejos y torpezas de un ministro de Defensa que desde la crisis del Submarino ARA está desdibujado.

El gobierno le tuvo temor a escracraches y fundamentalmente fue Oscar Aguad quien se asustó por el reclamo encendido de una decena de familiares de los tripulantes del Submarino desaparecido.

El gobierno quedó envuelto en un torbellino de malestar de las fuerzas militares, que en otra época, de una democracia en pañales hubiera significado una suerte de asonada.

Gente de experiencia, dentro del partido radical, acostumbrada a los temas de Defensa, no pueden creer el mal manejo del cordobés, que terminó admitiendo su responsabilidad en los titubeos del tema salarial de los uniformados.

De todas maneras, hubo otra razón de “peso” para no hacer el desfile. Como publicó Urgente 24, existió una carta enviada por el Director General de Educación de la Armada, Capitán de Navío Fernando Emir Maglione, en la que recomienda suspender el evento por temor a desmanes.

La carta enviada al Secretario General de la Armada, contraalmirante Gustavo Jorge Iglesias, en la que le recomienda que el desfile no se lleve a cabo, Maglione habla de “eventuales agresiones físicas o verbales” al personal participante, y por ello expresa que “el evento debería ser cancelado”.

Lo que evitaron aclarar es que fue por el caso del submarino ARA San Juan, que aún continúa desaparecido y que tiene un acampe de familiares en Plaza de Mayo, por tiempo indeterminado, en reclamo de justicia y de retomar de inmediato la búsqueda.

Este último punto, también es de una fuerte controversia en la mirada crítica que interpela la continuidad de Aguad, en la cartera de Defensa.

Primero, no supo o no quiso apaciguar la fantasía de un Venezolano que prometía encontrar la nave en unos 100 días. Muchos familiares se enamoraron de esa particular promesa y el ministro tuvo en vilo a la opinión pública sin desactivar la noticia, como hubiera correspondido por poco seria.

Luego vino una licitación a las apuradas donde la empresa ganadora, una española, terminó afuera por papeles flojos, ya que uno de sus socios figuraba con en concurso de quiebra.

Finalmente, Aguad decidió abrirse del control de la nueva licitación y dejó a la Armada como principal organizador de la misma, delegación insólita en tiempos de control del poder civil sobre las fuerzas, y además teniendo en cuenta lo delicado de la situación.

Los desfiles militares volvieron con toda pompa, ni bien comenzó el gobierno de Macri. Primera vez en 16 años desde mayo de 2010, que un presidente democrático participaba de un desfile que se desarrolló por todo el largo de la Avenida Libertador para desembocar y en la Cancha de Polo, al primer año de gobierno.

En ese primer desfile, participaron delegaciones de fuerzas militares de países vecinos y los héroes de Malvinas recibieron el calor de los ciudadanos embanderados y tratando de curar heridas de las oscuras responsabilidades, ya juzgadas, de los 70.

El ministerio estaba al mando de otro radical, el riojano Julio Martinez, quien recostado sobre la coordinación del aquel entonces Director de política Internacional de Defensa, Carlos Ramirez, había recibido la felicitación presidencial por la exitosa jornada cívico militar.

Dos años después hay un gobierno que le teme a la calle, y todo lo que se asemeje una protesta. A la vez, un ministro que sabe que un escarche lo deja afuera de las funciones. Hoy solo lo sostiene el presidente. Mientras el partido radical alienta un cambio por otro correligionario, en medio de la tirantez en la coalición de gobierno.

Consultado por Presidencia, Mario Negri le soltó la mano. Aguad quería irse con un resultado a la vista, al menos cerca el círculo de dolor sobre los 44 tripulantes del ARA. Eso parece estar lejos de concretarse.