Raro, diferente y preocupante. Todas estas etiquetas pueden entrar en el modo anti peronista, en el que volvió a caer lo medular del poder macrista.

Si todo gobierno en el Mundo espera ensanchar su base se sustentación, el nuestro juega a fortalecer el club de socios, que dicho sea de paso tiene algunos de sus miembros a punto de romper el carnet.

Es la política del achique. Se ve en el marco de las decisiones, en su política económica de perdurar y en la deconfianza permanente a cualquier atisbo de acuerdo con la oposición.

La realidad del Adn de Macri, y de sus vectores sensitivos, es morir con las botas de Marcos Peña y el Gurú Jaime Duran Barba. Ambos siguen pensando que Cambiemos vino a romper un molde del bipartidismo nacional que prima desde mediados de siglo pasado. Pretencioso en épocas de turbulencias en el campo de lo económico.

La frase que dejó trascender la Mesa ratona del presidente sobre el peronismo fue: “No logran que el mundo confíe en ellos“. Y agregaron: “No hay un solo interlocutor con el cual cerrar un pacto de gobernabilidad”.

La moraleja es que el gobierno cree que esa gobernabilidad estará garantizada por el FMI, el apoyo de Trump y una confianza en el segundo semestre del empresariado locas sobre la aceleración del ajuste.

Está claro que Cambiemos debe cuidar a su socio vitalicio, el radicalismo, que está que trina con las “travesuras ” de Lilita. Peña trató de imprimir autoridad y la referente del ARI le contestó con propinas y un bife de chorizo.

Todo demasiado precario en la construcción de un proyecto que planeaba a principio de año quedarse por 20 años.

Dentro del peronismo hay un lema pese a su ferviente atomización: “Los acompañamos con lo básico del presupuesto pero no iremos al cementerio”. A ellos también les cabe una suprema responsabilidad, por ser parte de las causas y poder ser copartícipe de los efectos sociales de una crisis todavía sin dimensión de haber tocado fondo.