El próximo 27 no será una Convención radical más. El gobierno y Cambiemos se juegan una renovación del matrimonio por conveniencia o un último hilo de ruptura. Los sectores dialoguistas pugnan por controlar los ánimos y emitir un comunicado lavado con vistas a mirar hacia adelante y ayudar a Macri a reelegir.

De todas maneras, la figura de negociación para reposicionar el peso dentro de la coalición es Martín Lousteau, que de disputar el distrito de la ciudad adquirió un peso nacional con aire de refresh al oficialismo.

La idea de realizar una Paso podía ser realista en un marco en el que la inflación y el riesgo país estuvieras saneados. Si bien hubo dos semanas más tranquilas en materia macroeconómica, Marcos Peña sabe que exponer al presidente, ahora, a una interna sería suicidarse políticamente.

Parque Norte será escenario catártico para los radicales descontentos o furiosos. Cornejo hizo medio un acting de su frase lapidaria: “Y si no es Macri el candidato…”.  Su intención es radicalizar la crítica para después contener desde adentro.

La UCR quiere además bloquear el acople de un peronismo “racional” dentro de la alianza de gobierno, cuestión que se trabaja en el ala política de la Rosada apuntando a Juan M. Urtubey.

A parte, el oficialismo debe reparar los daños colaterales de los continuos puntapiés de Lilita Carrió. La derrota en Córdoba dejó profundas heridas. Peña se sacó una foto con el derrotado Mario Negri para dar señales de contención.

En un restaurante del barrio de Monserrat, Coti Nosiglia, Ernesto Sanz y Cornejo, entre otros, planificaron estrategia y táctica. El pasillo es finito. La ruptura sólo es una puerta que tomarán los que nunca estuvieron en Cambiemos, y encontrarán la puerta de salida hacia una tercera vía.