¿Te acordas cuando Eduardo Lorenzo Borocotó indignaba a los que todavía creían en la militancia o el respeto a una creencia política? El tiempo todo lo cura o suele normalizar el cinismo.

Hubo dos protagonistas que circundaron el debate de aquella primera traición y hoy están enfrentados por la presidencia. Alberto Fernández fue quien junto a Néstor convocó al pediatra televisivo a animarse al salto. Antes de asumir su banca por el macrismo, asumió la banca pero como kirchnerista de la primera hora.

Macri debió sonrojarse y pidió perdón a los votantes “cuando pusieron la lista con su nombre dentro de la urna”. El perdón es ya una pieza de anticuario en los profesionales de campañas.

Ante los recientes acontecimientos, de cambios permanentes de camisetas y de adaptabilidad para no quedar afuera del mercado político, los actores principales o de reparto, se prestaron a la exhibición de un pragmatismo brutal.

La Locademia de campaña atraganta a los pochocleros que esperan tener sus días “felices” de voto: Paso, primera vuelta y ballotage, con un menú acotado, “menta o limón”.

Pichetto, el rionegrino gruñón, encontró su traje de estadista. Quiere ser el superhéroe que defiende al capitalismo serio en la lucha contra el “autoritarismo populista”.

Massa borra con el codo y una mueca sus interminables declaraciones descalificadoras al kirchnerismo, y va hacia el acuerdo posible. El chiste repetido, de las últimas jornadas, fue “Massa se va del massismo”.

Lilita Carrió tuvo que tomar un digestivo para incorporar otro peronista a Cambiemos. Sigue justificando aquellos años mozos de cuando Macri era casi un “mafioso”, siendo Jefe de gobierno porteño. Hoy Pichetto es “un anti golpista”. La Patria en peligro juega al truco entre volteretas de un circo de solei tercera marca.

Qué decir del rulo más célebre entre la farándula martín fierrera. Martín Lousteau, que renunció a la embajada de los Estados Unidos, para armar una alternativa en la ciudad, terminaría cerrando su candidatura a senador por Capital Federal teñido de amarillo. Un piquito a los porteños.

Alberto nos pintó la novela sobre que en la política hay rememoranzas de cariño, y se puede perdonar, y sobre todo siendo campeón olímpico de asalto en galocha a los  archivos.

Si la política desconoce códigos de hermandad basta otro botón representativo, los hermanos macana de San Luis, Alberto y Adolfo, se pelean por la mejor porción de torta.

Urtubey después de separarse, en una de las provincias de mayor presencia tradicionalista y hasta animarse con apoyar el aborto, sabe que su elasticidad tiene un amplio trayecto, como el tren a las nubes.

Lavagna con sus pantuflas dice ser el baluarte de la coherencia. Arma una tercera vía con lo que le queda. Un comando perdido de desencantados de la Grieta. Su colmo, no saber de redes y estar cerca de darle de comer a las palomas. El “dicen que soy aburrido”, parece un ancla demasiado pesada para quienes al relato político le hacen zapping permanente.

En el fútbol, los clubes que quieren preservar un tiempo a sus estrellas encontraron la figura de cláusula de rescisión, una indemnización que debe pagar el futbolista si no cumple con el contrato. ¿Cuánto nos deberían pagar de indemnización nuestro políticos? Quizás esa seria una deuda más impagable que la externa, firmada con madame Lagarde.

Hubo 7 Locademias en el cine, seguramente todas olvidables. La Locademia de Campaña se reinventa desde los 90, paso a una honestidad brutal a partir de Borocotó. Un reconocimiento, y un reclamo de feriado, el 9 de noviembre: el día de los panqueques.