Claudio Fabián Tapia llegó al fútbol grande casi por casualidad. En su niñez moría por San Martín de San Juan, al que seguía a todas partes. Inclusive lo empezó a seguir cuando vino a probar suerte a Buenos Aires, donde comenzó a trabajar como barrendero. Su suerte cambió el día que conoció, en el gremio de Camioneros, a

María Isabel Moyano, la hija de Hugo, el dirigente sindical y actual presidente de Independiente.

A partir de entonces, su vida dio un vuelco enorme. Se ganó un apodo cariñoso, Chiqui, y la aprobación de su suegro. Poco a poco dejó su trabajo en la calle y se instaló en las oficinas. Fue prolijo para hacer las cosas y, casi sin querer le llegó un ofrecimiento inesperado: ser el presidente de Barracas Central, club con el que consiguió el ascenso a la Primera B.

Con el tiempo, el sanjuanino le cayó en gracia a Hugo Moyano, quien lo considera como un hijo. Fue por eso que Don Hugo le ofreció ser el encargado de manejar Barracas Central, que está instalado atrás de Huracán, en un barrio donde hay más camiones que semáforos. Fue así que Moyano invirtió y puso al frente a su yerno.

Chiqui Tapia no falló, Barracas Central creció y el estadio ahora lleva su nombre. Y es justamente Tapia uno de los tapados que va por el trono de la AFA. Ya demostró que no le tiembla el puso en el sindicato, en el club y en las reuniones de la AFA. Se considera grondonista y hasta se anima a enfrentar a Marcelo Tinelli en la puja por el poder.

Tapia, quien tiene una buena relación con Mauricio Macri a raíz de los conflictos que se dieron entre los recolectores de basura y el Gobierno de la Ciudad, también tiene el aval de Moyano, otro que se insertó en el mundo del fútbol y va por más. Los Moyano quieren desembarcar en la AFA, y Tapia es la persona indicada.