Detrás de la disidencia del presidente de la Corte bonaerense se encierra una rosca de sospecha en tiempos electorales como ocurre en el espejo de la Corte nacional.

El asunto de demorar algo la jura de Sergio Torres, el elegido por Vidal para suplir una vacante, terminará siendo anecdótico siempre y cuando se desestimen las sospechas en torno a los pruritos que tuvo Eduardo de Lázzari, arguyendo que el ex juez federal no tiene probada su pertenencia domiciliaria en la provincia de Buenos Aires.

Casi una postura purista, extrema, cuando hubo un sinfín de candidatos a gobernador que se mudaron de apuro para poder serlo.

Entonces, ¿qué motivo la postura de veto de de Lazzari? Hay quienes piensan que ven a Torres como una ajeno a la familia judicial platense o los más apocalípticos auguran el comienzo de una relación que va a la ruptura con la gobernadora y sus intenciones reeleccionistas.

El titular de la Corte bonaerense accede a su cargo de manera rotativa. Todos los años, un ministro del Tribunal ostenta la presidencia, por lo cual el trono principal no indica un poder especial, aunque su homólogo en lo nacional, Rosenkrantz, tampoco puede estar seguro de garantías, ante los continuos embates que sufre.

Torres dio un domicilio en el partido de Tigre, que se sospecha que hace dos años no existía. La cuestión que podría haber sido tomada como debate en el Senado bonaerense, pasó inadvertida ya que su pliego tuvo amplios consensos. La especulación política cruzó las aguas del kirchnerismo. ¿Acaso un potencial candidato a gobernador, Axel Kicillof, no tendría que verse de puntillas ante la misma exigencia de pedirle pergaminos de vecindad bonaerense?

La Corte bonaerense ha tenido una relación con Vidal correcta, equidistante y a veces tensa, como cuando reclamó por obras inconclusas en la justicia y fondos para el sector.

De Lazzari tiene vínculos con Duhalde, fue su funcionario, y también con sectores Cristinistas. Los demás integrantes, muchos, también tiene huellas peronistas. Y hasta del propio Torres llegó de la mano del ministro de seguridad, Cristian Ritondo.

El problema no es lo partidario sino que lo técnico se contamine en tiempo de campaña donde todo termina siendo una enorme nube tóxica de sospechas.